23 septiembre 2010

Por qué el mundo no recaerá en recesión en 2011



El 'double-dip' o recaída inminente de la economía mundial no sólo se ha convertido en el tópico más comentado en círculos económicos sino que está en gran medida descontado en los mercados monetarios y de deuda pública.

No hay duda de que la mayoría de países desarrollados aún afrontan retos económicos enormes y, en cierto modo, inéditos. Nos enfrentamos a un masivo proceso de desapalancamiento de las familias y empresas en un periodo en el que los gobiernos se ven también obligados a reducir el déficit presupuestario y en el que la falta de inflación dificulta la digestión de la deuda. Se trata, por lo tanto, de un equilibrio frágil y de un entorno financiero y fiscal que lastra el crecimiento. Pero no por ello estamos abocados a sufrir otra recesión a corto plazo sino que, al contrario, se irá constatando que el mundo consolida un ciclo de crecimiento más equilibrado e incluso sostenible.

La salida de la recesión -con la desgraciada excepción de aquellos países que purgamos además una burbuja inmobiliaria y un gasto público desbocado- ha sido ciertamente potente, apoyada en una combinación de apoyos gubernamentales, recuperación del comercio internacional y recomposición de los inventarios empresariales. El punto de partida estaba tan deprimido que ha sido fácil volver a incrementos interanuales de la producción industrial superiores al 10% en muchos países. Y así, el Producto Interior Bruto global se ha instalado, temporalmente, en niveles de crecimiento del 4%.

Desafortunadamente, este clásico arranque del ciclo no es sostenible por mucho tiempo. Las cifras de actividad y confianza manufacturera van a seguir desacelerándose y los gobiernos van a tener que aplicar políticas fiscales más restrictivas. Este es el momento en el que ha de llegar el relevo de la creación de empleo y de aumento del consumo de los hogares. Y este es precisamente el quid de la cuestión: la debilidad del mercado laboral en la mayoría de países desarrollados no garantiza este imprescindible relevo de la demanda final y hace pensar a muchos en una vuelta a la recesión.

Al igual que en ciclos anteriores, los empresarios están siendo muy tímidos a la hora de contratar ante la falta de visibilidad sobre la duración e intensidad del crecimiento. Se enfocan en el control de costes y cuentan con suficiente exceso de capacidad productiva o comercial instalada que pueden atender sin problemas al repunte inicial de la demanda. Pero conforme la recuperación se consolida, la creación de empleo comienza a crear ese círculo virtuoso que hace crecer el consumo, con ello la producción y, al final, más empleo. Y esta nueva contratación de trabajadores debe llegar más pronto que tarde. Si no, será inevitable que veamos tasas de crecimiento del PIB más débiles e incluso negativas.

Así las cosas, y tomando como paradigma a Estados Unidos, la ecuación es simple: deben comenzar a crearse al menos una media de 100.000 puestos de trabajo mensuales antes de la próxima primavera si no queremos que el fantasma del 'double-dip' se materialice. ¿Quieren saber cuál es el termómetro más fiable de cuán cerca estamos del abismo? Es sencillo, las peticiones semanales de subsidio de desempleo. Deberían bajar de las 350.000 en el corto plazo para garantizar esa creación de empleo suficiente que mantenga el consumo en tasas de crecimiento real del 2% que aseguren el relevo cuando el gasto público y la recomposición de inventarios desfallezcan. Nos encontramos aún cerca de las 450.000 peticiones semanales, por lo que la carga de la prueba sigue estando del lado de los que aseguramos que no habrá recaída en recesión.

El resto de indicadores económicos y empresariales (recuperación de los beneficios, apalancamiento operativo, saneamiento financiero, etc) y el positivo efecto de arrastre que ejercen los países emergentes hacen pensar que ese relevo acabará llegando. En cualquier caso, no tardaremos demasiado tiempo en salir de dudas.

¿Y cómo se refleja todo esto en los mercados financieros? Con una deuda pública a 10 años que paga un 2.75% en EE.UU. y apenas un 2.50% en Alemania en un momento en el que los PIB nominales crecen cerca del 4%, no cabe ninguna duda de que los mercados monetarios y de renta fija descuentan que, bien entramos en una prolongada recesión, bien los bancos centrales siguen comprando deuda y manteniendo sus tipos oficiales en mínimos durante unos cuantos años más.

Las acciones no descuentan un escenario tan negativo, ayudadas por unos beneficios empresariales que continúan recuperándose con fuerza. Así, los múltiplos bursátiles están lejos de su valoración razonable a la vista de la mejora de la rentabilidad de las compañías y la baja competencia de otros activos como la renta fija o los inmuebles. Pero tampoco cotizan el mismo panorama catastrófico de la deuda pública, ya que una reentrada en recesión comprimiría sin duda los multiplicadores y deprimiría los beneficios.

Cuando se constate que el ciclo económico se prolonga, es probable que los tipos de la deuda repunte sustancialmente conforme se descuente que los bancos centrales empezarán a normalizar sus políticas monetarias ya en 2011, causando pérdidas considerables en la cotización de los bonos. La renta variable, por su parte, debería expandir ligeramente sus múltiplos y reflejar el aumento de beneficios, impulsando las cotizaciones. Quedan aún unos meses para resolver la incógnita, pero es ahora el momento de tomar partido. Porque es cuando las distintas clases de activo tienen una visión del mundo tan diferente cuando surgen las buenas oportunidades de inversión.

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